En los últimos dos años, México ha experimentado un crecimiento económico anual promedio de solo 0.5%, una cifra que se aleja del 0.6% registrado desde 2018 y representa cerca de una cuarta parte del crecimiento de las cuatro décadas anteriores. En contraste, Estados Unidos ha mostrado un crecimiento significativamente más robusto, con un 2.3% anual desde 2018, en comparación con el modesto 0.6% de México.
La inversión en el país ha avanzado a un ritmo de apenas 0.3% anual desde 2018, cifra que coincide con un aumento en la construcción y la compra de maquinaria y equipo. Este comportamiento ha sido, en parte, influenciado por una disminución en la inversión local en equipamiento y un incremento en las importaciones.
El consumo ha sido el pilar principal de la economía durante los últimos ocho años, alcanzando un crecimiento de 1.5% anual. Sin embargo, la mayoría de este aumento se debe a bienes importados, que han crecido a un 6% anual. Por otro lado, el consumo de bienes nacionales solo ha crecido un 0.4%, mientras que el de servicios ha mostrado un crecimiento de poco más del 1%.
Durante este tiempo, se han anticipado ocasiones de reactivación económica, como fue el caso de la recuperación post-confinamiento por Covid-19. Sin embargo, ninguno de estos intentos ha logrado recuperar los niveles económicos previos. Recientemente, el aumento en la construcción de viviendas también generó esperanzas, aunque analistas consideran que las cifras disponibles provienen de fuentes gubernamentales confusas.
A pesar de que algunas cifras pueden parecer optimistas, las expectativas sobre un cambio en la dinámica económica son aún moderadas. No se percibe un avance significativo respecto al estancamiento de los últimos dos años bajo la administración actual.
Se ha sostenido en múltiples ocasiones que la situación actual no califica como una crisis económica, sino más bien como un estancamiento que, si se mantiene, podría conducir a una crisis futura. Esto se debe a los retos del gobierno para incrementar la recaudación de ingresos, mientras los gastos públicos permanecen estables. El déficit descontrolado, consecuencia de prácticas económicas insostenibles, aún no ha socavado la confianza de los inversionistas en México, aunque sus impactos negativos son visibles en la vida cotidiana de los ciudadanos.
El estancamiento se manifiesta de manera preocupante en la disminución del ingreso per cápita a lo largo de ocho años, a pesar de que la población, aunque en descenso, sigue creciendo más rápido que la economía. Esta situación ha devenido en un peso para una porción significativa de la población, que, a pesar de recibir pequeños aumentos salariales y apoyos económicos, comienza a notar un saldo negativo en su calidad de vida.
