La supervisión del sistema de salud, en medio de la modernización que este Gobierno impulsa, genera preguntas fundamentales. En la esencia de la medicina, el foco está en el paciente, una persona con emociones y sufrimientos, y no en simples estadísticas.
Considere un paciente que llega a urgencias tras un accidente vascular cerebral. En esos cruciales minutos donde se pierde cada segundo, la innovación juega un papel decisivo. El programa Código Cerebro del IMSS, que utiliza inteligencia artificial, permite analizar la tomografía del paciente en menos de cinco minutos, reduciendo significativamente el tiempo de espera que anteriormente era de hasta noventa minutos. Esta agilidad permite que el neurólogo tome decisiones rápidas y efectivas, mejorando así las oportunidades de recuperación del paciente al ayudarle a recuperar habilidades como caminar y hablar. No obstante, es esencial recordar que, aunque la tecnología es una herramienta valiosa, la decisión final siempre debe ser tomada por el médico, lo que representa un uso positivo de la inteligencia artificial.
No obstante, la reforma de Salud Digital, que está programada para enero de 2026, presenta vacíos importantes. Carece de definiciones claras sobre qué es la inteligencia artificial, no se identifican los riesgos asociados y no hay auditorías o responsables designados. La encíclica Magnifica humanitas señala que apelar a la ética no es suficiente sin “marcos jurídicos adecuados y vigilancia independiente”.
Gran parte de lo que se describe como un “salto tecnológico” se resume en la adquisición de equipos médicos avanzados que incorporan inteligencia artificial. Aunque es fundamental modernizar el equipo, mejorar la infraestructura por sí sola no garantiza un verdadero avance tecnológico; se trata simplemente de producción. Un examen de imagen sigue requiriendo la intervención de un profesional, y el país enfrenta una notable escasez de radiólogos. Además, la inteligencia artificial en estos dispositivos a menudo se convierte en una “caja negra”, cuya eficacia no se supervisa como debería, ni está contemplada en la legislación vigente.
incrementar la cantidad de estudios sin mejorar la capacidad de interpretación no resolverá las cuestiones subyacentes. Respetar la dignidad del paciente implica que cada examen debe ir acompañado de una evaluación cuidadosa, decisiones clínicas fundamentadas y un responsable dispuesto a asumir dichas decisiones. Los pacientes son seres humanos que merecen respuestas, no solo cifras en un informe médico.
La creación del nuevo Servicio Universal de Salud plantea la cuestión de la propiedad de los datos personales. Según las autoridades, el servicio ofrecerá un expediente clínico integral que incluirá información biométrica. Sin embargo, este enfoque centraliza el control de datos sensibles en una única entidad, especialmente problemático dada la reciente eliminación del organismo autónomo encargado de las protecciones de datos. La pregunta que persiste es: ¿quién es el verdadero propietario de esa información?
Permitir que el expediente clínico siga al paciente representa un avance hacia la justicia. Sin embargo, esta confianza debe ir de la mano con responsabilidades concretas. A diferencia de las contraseñas, los datos biométricos, como la información del iris, no son fáciles de cambiar en caso de filtraciones de información.
La encíclica papal destaca que el verdadero peligro de los asistentes virtuales en el ámbito de la salud radica en su capacidad para reemplazar la interacción humana. En un contexto donde las consultas son muy breves, los chatbots no compiten con relaciones médico-paciente sólidas, sino que ocupan un espacio que puede comprometer la calidad del cuidado.
Las políticas públicas deberían orientarse a asegurar que la tecnología en salud fomente interacciones humanas en lugar de sustituirlas. Los médicos deben tener la capacidad legal de rechazar las recomendaciones de los algoritmos, ya que solo un profesional con juicio crítico puede asumir la responsabilidad de sus pacientes. La encíclica resume esta idea de manera clara: “un error para un algoritmo es solo algo que se corrige; para una persona, puede ser el inicio de un cambio significativo”.
El avance en la tecnología médica no debe conllevar una falta de responsabilidad y supervisión. Es fundamental que se publiquen los sistemas que se utilizan y cómo se toman las decisiones, llevando a cabo auditorías independientes y asegurando la rendición de cuentas del personal médico, además de restaurar un organismo supervisor de datos. Esto no representa una burocracia innecesaria, sino un paso hacia el respeto a la dignidad en el tratamiento médico. Tal como indica la encíclica, se debe hacer de la tecnología un elemento “discutible, refutable y, por lo tanto, habitable”.
La historia de Nehemías, quien al concluir la muralla de Jerusalén no solo la celebró, sino que también estableció guardias, es un buen ejemplo de este principio. Sin un mecanismo de supervisión, una muralla no ofrece protección, convirtiéndose en una simple exhibición. Los avances tecnológicos deben ser evaluados según su disposición a ser supervisados. La pregunta final que plantea la encíclica es: ¿realmente hace la vida más humana y digna de ser vivida?
En el campo de la salud, la respuesta a esta interrogante es clara: al final de cada procedimiento, independientemente de la inteligencia de la máquina empleada, siempre debe haber un médico que asuma la responsabilidad por el bienestar del paciente.
